¿Te gustan para leerlos?
Yo prefiero comerlos pero, la mente a veces puede producir algunos, y sin harina de por medio .
Aquí hay uno:
Un churro
Me despiertan masivas pizcas sobre todo el cuerpo, es algo a
lo que unas voces llaman azúcar, me encuentro recostado sobre un generoso
terrón blanco y junto a mí hay bastantes conocidos, fui separado de ellos
recientemente, contrario a lo que algunos pensarían al verse mutilados, ni lo
sentí.
No se qué más sucede alrededor, no tengo movimiento pero
escucho algo, son las mismas voces que dicen –chale guey, está hasta la madre
de gente, lo bueno que ya es viernes y además hoy cena Pancho-, la otra voz
sólo dice –hay pinche Fer, sólo piensas en eso guey, mejor chíngale porque en
la mesa diez están pidiendo una orden de veinte-.
Se ven interrumpidos por otra voz más suave –un chocolate
español para llevar-, al instante soy colocado en la cúspide, sobre un montón
de semejantes delimitado por una charola, tengo una muy amplia perspectiva del
lugar donde me encuentro.
Distingo mucho movimiento de seres enormes, la mayoría son
más bajitos y no se mueven tanto pero descubro que devoran con sus bocas a
otros como yo y mis hermanos crujientes. Aquellos lugares donde están sentados permanecen
saturados, salvo uno cerca de la entrada.
Tras percatarme de ello llega una mujer del mismo color y
atuendo que las otras seis que andan por todo el lugar junto con tres
individuos detrás suyo. Con el tono de voz suave que escuché antes les pregunta
a las dos mujeres y a un tipo flaco que
me cayó mal: -buenas tardes soy Hermelinda ¿qué van a ordenar?
Una de las jóvenes de cabello negro, risado y largo le
contesta, -estamos esperando a un grupo de personas-, luego de eso noté que
sólo hablaban entre sí y casi todo el tiempo observaban esos artefactos
cuadrados y luminosos que la mayoría tiene. Parece que ésos son sus amos, les
dicen que hacer y después actúan, hablan, ríen o sólo se van.
¿Por qué ellos no nos despedazan como los demás? ¿Acaso no
saben lo que tienen qué hacer? Observo que siguen esperando más tiempo –¡ya
vengan y cómanme mensos!, me estoy poniendo duro-.
Alguien me retira de la charola y me caigo al piso, tras
unos segundos me vuelve a levantar, me sacude y me coloca cuidadosamente en un
plato junto con otros que ni conozco, los ignoro y de reojo observo de nuevo al
trío de extraños -¡ahora son cuatro!, el recién llegado es más alto y
corpulento pero… me lleva la mujer uniformada.
El viaje termina en un ángulo que no conocía del lugar, -buenas
noches me llamo Hermelinda, yo les atenderé- , enseguida nos deja a mis colegas
y a mí en una mesa donde hay otros cinco
humanos, quienes parecen muy felices al vernos.
¿Cómo puede alguien alegrarse
por verme y luego destrozarme como si fuese su peor enemigo? Uno de ellos le
dice a Hermelinda –¿me puede traer un chocolate español?, la señora asiente y
se va con premura.
Uno de los gigantes levanta a mi compañero por el aire, lo
lleva a su boca y lo degolla, su
preciada azúcar me cae encima. Mientras aquello ocurre otro comenta – ésta es
la churrería “El Moro”-, -sí están buenos- responde el otro, -allá está el
menú- , y señala hacia el muro que en efecto muestra una vasta gama de
variedades de chocolate y churros.
Luego llegan los cuatro primeros individuos que vi, ¡nueve!
Nosotros dos no podremos satisfacer esa ávida sed de grasa y dulce que
tienen. Sucede algo inesperado, una
gigante toma el plato y nos levanta a mí y a mi conocido por el aire, parece
que nos ofrece al flacucho aquel que vi, sin embargo, éste nos desprecia.
Mi compadre y yo nos sentimos ofendidos, quizá un par de zanahorias insípidas le gusten
al renuente éste, mi azúcar y calorías son mucho para ti ciego, no sabes lo que
te pierdes.
Sigo escuchándolos hablar, hasta parece que apenas se van
conociendo, nadie parece interesado en mí y eso me intriga más, ya no me siento
calientito, de hecho, me da frío.
Llega de nuevo Hermelinda con más parientes míos y los deja
cerca de mí. Comienzo a percibir que conozco a esta gente, a una le agradan los
deportes y dar cátedras, otros piensan que viven muy lejos, otra acaba de
llegar y argumenta que se estacionó a muchas cuadras, algunos llegaron a la
hora acordada pero nunca se encontraron.
Trabajo, trabajo, trabajo. Su tema principal, no hay como
ser un churro grasoso y saturado de azúcar, el deleite de todos aquí, al fin me
siento justamente valorado, dudo que haya mejor trabajo.
¡Momento!, el flaco me mira muy extraño, algo piensa… síiii,
acerca su mano, ésta pasa de la servilleta, esquiva la taza con chocolate. ¡No
lo puedo creer!, está en el plato, me toma, me aprieta, sí, estoy duro ¿y?…, no
le importa, me levanta y me muerde. ¡No que no! Me ha tragado.
Ya en su interior sólo puedo escuchar que se despide,
después de todo yo tampoco me pararía en una churrería si no fuera al menos a
probar un churro. Le pide a la mesera que cobre su cuenta, le paga,le ofrece otro billete y la mujer agradece.
Ahora sólo siento que me derriiit…