Era imposible pensar en nada más, cada paso se
convertía en un martirio y lo peor, iba ya 10 minutos retrazado para una cita,
desviar mi camino, imposible.
Como si la vida no fuera ya lo suficientemente complicada, ahora
debía someterme a este martirio cuya creciente intensidad desvanecía lentamente
cualquiera de mis otros problemas.
Me ubicaba ya en otro plano de mi existencia, indudablemente un alto precio para olvidarme de mis demás molestias, consideré.
Me ubicaba ya en otro plano de mi existencia, indudablemente un alto precio para olvidarme de mis demás molestias, consideré.
Consciente de mi auto - tortura, fruto de las leyes de
civilidad e impuesta también por quienes me criaron, pensaba solamente en “drenar”
mi ahora única necesidad, sin embargo, un freno de igual magnitud me impedía
darle lugar a tan básico instinto.
Tal obstáculo consistía en un conjunto de consecuencias
desfavorables. Aquella desconocida plaza pública donde transitaba era un lugar
inapropiado para vaciarme, había muchas personas, quienes sin duda reprobarían mi
anhelado acto.
Me juzgarían como un marginado y despreciable animal
descontrolado, además de un terrorista que atenta contra la ya cuestionable
higiene de sus alimentos callejeros. Sin duda un digno merecedor del castigo de
la ley .
Esa barrera mental estaba grabada con la amenaza: “un infractor puede ser remitido al ministerio
público por un lapso de 72 horas y además deberá purgar con otros 30 días de
salario mínimo”, tal condena aplica en el Estado de México pero, ¿en el DF? –No
pienso descubrirlo hoy ni de esta manera-, pensé.
No es malo que el cuerpo aguante por algunos minutos pero
sobrepasar ese límite puede generar consecuencias destructivas en la vejiga. A
una colega que hacía encuestas y se
jactaba de “aguantarse”, la mandaron al
hospital súbitamente porque las bacterias generadas en la orina le provocaron
una grave inflamación conocida como cistitis.
Aquellos centímetros cúbicos en mi interior se convertían
segundo a segundo en enemigos más sanguinarios, mis sentidos sólo atendían al
llamado de auxilio de aquella pequeña bolsa que crecía dentro de mí como un
alien a punto de destriparme desde adentro.
Miraba con desesperación hacia todas las direcciones
permitidas por los límites rotatorios de mi cuello y ojos.
-¡¿Baño, baño, baño?! ¡Ya casi, ya casi! ¡Aguanta, aguanta,
aguanta!
Deseaba que el inclemente calor de aquel domingo evaporara
ese inoportuno líquido. Ni aunque me hubiera tirado al piso completamente desnudo,
boca arriba y expuesto al sol abrazador, esperando que la penuria desapareciera,
habría sido suficiente para evitar una catástrofe.
Mi instinto de supervivencia trabajaba intensamente aunque,
sólo me daba sugerencias más absurdas y mayormente penadas por aquella temida y
en aquel preciso instante estúpida ley.
¿Pero qué hay de mi vejiga? ¿Espero a que se me acumulen las
bacterias o se reviente como un vil globo?
Imaginaba ya los llamados en la primera plana de La Prensa: “Se orina por dentro”. Y luego mi
epitafio: “Respetó la ley hasta el fin”.
Las bacterias generadas por la orina pueden transferirse a
los riñones y producir cálculos renales que provocarán un dolor insoportable al
orinar.
El primer síntoma ya lo tenía, la ansiedad, y ésta me consumía.
Miraba a la gente casi temblando y seguro muy pálido, no podía ni hablar.
Durante cinco minutos más de trayecto surgía el dolor
estomacal y no había baños públicos, ni siquiera esas cajotas de plástico literalmente
cagadas que se instalan cerca de las obras públicas, ni gasolineras, ni
mercados. El perfecto ambiente para enloquecer.
¡Ya casi! Otro escalofrío más y toco en una casa, o de plano
me voy al mp, al menos allí habrá baños.
¡Al fin! ¡El edificio que buscaba! Jamás en la vida miré con
tanto amor a un inmueble y posteriormente nunca había experimentado mayor deleite
en aquella tan cotidiana pero angelical melodía producida por el choque entre
el agua inerte y un chorro impetuoso.